TIEMPO MUERTO

 

Decía Forrest Gump que la vida era como una caja de bombones. Yo, siguiendo la analogía, diré que la vida me gusta verla como un gran partido de baloncesto.

Cuando eres niño te tomas tu tiempo en botar la pelota, todo lo que te rodea es puro misterio. La cancha huele a nueva, cada paso es todo un descubrimiento y la grada…¿Qué será aquello? Entre bote y bote te mueves mirando todo, buscas conocerte en la cara de tus compañeros y, seguramente, más de una vez, sueltes la pelota para correr a abrazar a alguno, que se haya hecho daño.

Poco a poco creces y corres más rápido. Llega un momento que la grada desaparece a tus ojos. Los cánticos, los olés y  los ánimos no puedes oírlos, porque estás centrado en tu propio juego. Unas veces corres hacia delante en busca de éxito y otras retrocedes a defenderte del ataque inesperado de los otros. ¡Carreras, siempre carreras! Velocidad y vértigo. Adrenalina y sufrimiento.

Pero llega el tiempo del juego en el que ya te pesan las horas jugadas. Vas más despacio, te asusta la energía de los otros. Tiemblas pensando que quizá equivocaste tu juego.  El balón tiene el tacto mucho más rudo y sientes su bote mucho más pesado.

Es entonces cuando un silbato lo para todo y te das cuenta de lo mucho que lo estabas necesitando. Te acercas a tus compañeros para formar todos juntos un corro. Vuelves a sentir un poco de paz al ver que no juegas solo. Es lo mejor del partido: «El tiempo muerto».

Analizas lo jugado, hablas con ellos lo que todo el partido llevabas callado. Planificas tus pasos, analizas lo que te ha desgastado y no ha servido de nada. Decides, junto a los otros, como quieres que sea tu próxima jugada. Escuchas de nuevo los cánticos de la grada y respiras. Si, respiras. Porque ves que alguien te premia el esfuerzo, porque sientes que tanta carrera ha traído algo bueno. Porque la cancha, aunque esté desgastada, la conoces palmo a palmo.

Es justo entonces cuando te das cuenta de lo más importante del partido… o de la vida. Vuelves a ver de nuevo las cosas como si fuese la primera vez que las miras. Esos matices, esas luces, esos colores…¡Esa alegría!

De nuevo te pones en marcha, con nueva energía, más seguro. Y cambias el paso adaptándolo a la velocidad justa. Y cada paso nuevo que das en la vida lo saboreas, lo vives de nuevo y te repites en silencio: «¡Benditos sean los tiempos muertos!».

Luisa Ruiz Bueno

 

 

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