PERICO CALVOROTA

Ana llegó a su casa atropelladamente, se le había escapado el tiempo enzarzada en una agria discusión con su jefe y para colmo el “súper” estaba hasta la bandera de gente, ¡menos mal que tenía la ayuda de su madre!. Dejó la gran bolsa con la comida en la cocina y salió disparada al encuentro de su hijo, ¡demasiadas horas sin verlo!

Al mismo tiempo que las siete campanadas del reloj del salón, llegó hasta sus oídos el inconfundible eco de los sollozos reprimidos de su hijo Pablo. Se dejó orientar por aquel sonido y llegó hasta el baño. El niño llevaba el pelo lleno de barro y su cara lucía unos arañazos que le habían dejado trocitos de piel levantada.

-¿Qué ha pasado? – preguntó balbuceante – ¿Quién te ha hecho esto?

La abuela se volvió sonriente, tranquilizadora, mientras le indicaba con la mano que no se apresurara.

-No es nada, Ana, es una pelea de chiquillos.

Los sollozos de Pablo se hicieron más estruendosos ante la presencia de su madre y, desprendiéndose de su abuela, corrió a refugiarse en su regazo.

-Los niños de mi clase son malos, muy malos – los hipos tan apenas le dejaban hablar – No quiero volver allí nunca más.

Ana acarició el pelo de su pequeño y le miró con dulzura, ¡era tan pequeño! Sólo tenía seis años y sus facciones, menudas e infantiles, le inspiraban la mayor de las ternuras que se pudiese sentir.

Pablo tenía el pelo castaño y ensortijado como un cachorrito caniche, sus ojos de color de miel le aportaban un brillo tan cálido que, Ana, no podía reprimir una interna sensación de que aquella carita, sin duda, debía de tener un duplicado en algún fresco de Rafael o, incluso, en alguno de los tiernos infantes de Murillo.

Pablo se aferró al vientre de su madre con tanta fuerza que toda la pena del niño se clavó directamente en el corazón de su madre.

-No puede ser tan malo lo que ha ocurrido cariño, todo tiene solución…

Pablo se separó bruscamente de su madre y, en jarras frente a ella, le chilló muy indignado:

-¡No, no la tiene!, ¡tu no lo entiendes!, se ríen de mí por culpa de papá.

Ana abrió enormemente los ojos, su marido era un hombre encantador, entregado al trabajo para sacar adelante a su familia y, además, lo tenía por el mejor padre que se pudiese encontrar en el mundo entero. Por más que lo pensase no encontraba ningún motivo para que Pablo tuviera que avergonzarse de él.

Pablo le miró con tristeza, sintiéndose el niño más incomprendido del planeta, y murmuró pudoroso:

-Dicen que papá es un calvorota.

Ana sintió, de pronto, un gran enojo y una gran impotencia ante aquella chiquillada, ¿Cómo semejante bobada podía herir así a un niño? Era totalmente injusto que un hombre bueno y cariñoso se quedase reducido ante los ojos de su hijo en un simple “calvorota”.

-¿Qué tiene de malo eso?, ¡simplemente no tiene pelo!, no es nada malo.

Pablo se quedó, mirando al suelo, en un mutismo totalmente hermético, él había defendido a su padre y había salido perdiendo, seguramente sería el centro de todas las risas de los niños de su clase, y su madre no entendía nada.

La abuela interrumpió el silencio quitando importancia a todo aquello.

-Vamos, vamos, eso no es nada más que una tontada. Ven cariño, yo te voy a curar las heriditas y te voy a preparar un baño bien caliente. Primero quitaremos esta ropa tan sucia y después ya verás que bien te sientes.

Se volvió hacia su hija y le indicó con una mano que saliera.

-Vete, vete a tus cosas, yo me encargo de Pablo.

Ana se dio media vuelta suspirando y salió por la puerta del baño sintiéndose muy contrariada.

-¡Los niños son tan crueles!…

A sus espaldas dejó la voz pizpireta y alegre de la abuela.

-Vamos Pablo, la abuelita te va a contar una historia.

-¿Es un cuento?

-No, no lo creas, esto es una historia real. Ocurrió hace mucho tiempo, ya casi nadie lo recuerda, pero tú no debes de olvidarla nunca. Es una historia mágica que sólo se cuenta de abuelos a nietos. La abuela de mi abuela se la contó a ella y, luego, ella me lo contó a mí…

-Entonces – interrumpió asombrado – ¿mamá no la sabe?

La abuela escondió su sonrisa tras el jersey que le estaba quitando al niño, había conseguido captar toda su atención tan sólo con la idea de que aquello lo desconocía su madre.

-No, no lo sabe, pero tú no tienes que olvidarla, después, cuando seas un anciano y tengas unos nietos tan preciosos como tú, tienes que contársela, eso es parte del trato.

-¡Vale! – asintió Pablo muy serio desabrochándose el pantalón.

De pronto todo el llanto del niño había desaparecido, se sentía muy importante, iba a conocer algo que, seguramente, nadie más que él sabría y eso era de lo más emocionante.
-Pues señor – comenzó su abuela – Cuando nuestra ciudad no era nada más que una pequeña aldea llena de árboles, bosques y pájaros, cuando no existían coches, ni prisas, ni grandes edificios…Cuando los gallos despertaban a los aldeanos con su “kikiriki”, y el suelo era de tierra y piedras, cuando a los niños aún se les dejaba saltar en los charcos…
-¡Que divertido! – interrumpió Pablo mientras lanzaba uno de sus zapatos fuera de su pie – ¿Todos eran felices entonces?

La abuela metió la mano en la bañera y agitó el agua comprobando que la temperatura era la adecuada.

-No cariño, no. Tristemente los seres humanos siempre han tenido una gran capacidad para hacerse daño unos a otros.

-¿Las personas somos malas? – despojado de toda la ropa se metió con cuidado en la bañera buscando su coche de goma para jugar – ¿ Mis amigos también son malos?
La abuela negó con rotundidad mientras ponía champú a aquella cabeza llena de barro.

-La mayoría de las personas son buenas, pero siempre hay algún personajillo por ahí que disfruta metiendo cizaña. Frótate bien detrás de las orejas cariño, también son parte del cuerpo – contempló ensimismada el entusiasmo que el niño mostraba en su aseo, hasta que éste se le quedó mirando con esos ojos del color de la miel de romero.

-¿Y?

La abuela reaccionó a su pregunta con prontitud, no podía dejar que el niño perdiese el interés.

-En aquel tiempo todo era bonito y tranquilo en la aldea, pero eran muy pobres porque en aquellas tierras gobernaba un hombre avaricioso y cruel que mataba a impuestos a todos los aldeanos y les dejaba sin apenas para comer. Le llamaban “El Conde del puño duro”.

-Que nombre tan extraño abuelita.

-Bueno, ese era su apodo claro, en realidad nadie se acordaba de su verdadero nombre. Aquel hombre tan malo era Conde y le llamaban “del puño duro” porque siempre daba golpes a los pobres campesinos cuando se retrasarán en el pago de lo que él les pedía, y les decía con una lúgubre voz: “¿Acaso quieres probar lo duro que es mi puño?”. Y así se quedó con aquel nombre.

-¿Se reían de él, abuelita? – Pablo sumergía su coche de goma y luego observaba como subía de golpe.

-¡No! – su abuela hizo un gesto de horror – No podían, aquel malvado ser tenía espías por todas partes, gente tan muerta de hambre que, a cambio de unas pocas monedas, le contaban lo que sus vecinos hacían. Si tenían una buena cosecha o si había nacido algún ternero corrían a darle cuenta de ello. Nada escapaba a los ojos y oídos de aquel hombre poderoso y miserable.

 

-Ya veo, – Pablo parecía absorto en el chapoteo de su coche y sin embargo no perdía detalle a la historia de su abuela – le tenían miedo.

-¡Mucho!, ¡muchísimo!, aquel hombre era extremadamente cruel y, como tu ya has aprendido hoy, el miedo es un mal compañero, así que aquella pobre gente no era feliz del todo.

El niño protestó apretando los ojos, aquel comentario de su abuela no le había gustado.

-¡Yo no tengo miedo!

La abuela le miró con ternura y le frotó el pelo con energía desoyendo cualquier protesta.

-Pero no todo era triste, aquellos aldeanos eran gente trabajadora y de un gran corazón.

Había uno en particular que se llamaba Perico, un hombre alegre al que le gustaba mucho cuidar de su rebaño, unas cuantas ovejas que le absorbían todo su tiempo. Las llevaba a pastar todos los días y siempre llevaba con él una vieja guitarra, con la que se entretenía cantándoles mientras ellas comían y tomaban el sol…

-A mi papá también le gustaba tocar la guitarra, me lo dijo mamá, pero ahora nunca la toca, yo nunca le he visto hacerlo.

-Es que tu papá trabaja mucho, ya no tiene mucho tiempo para divertirse, tampoco pudo Perico tocar la guitarra para su hijito…

-¿Tenía un niño? – Pablo abrió los ojos como si aquello fuese un gran milagro.

-Bueno sí, pero no te adelantes, la historia debe de seguir su curso. Verás, cuando salía con la ovejas y les cantaba para que pastasen felices, todavía no había tenido ningún niño, ni siquiera estaba casado, pero se había fijado mucho en la hija del herrero, una jovencita muy guapa con un corazón dulce y sencillo.

Un día pasó lo que tenía que pasar, Perico se presentó en casa del herrero con su guitarra colgada a su espalda y su pequeño rebaño trotando entre sus piernas. Rosa, que así se llamaba aquella muchacha, se puso roja como una amapola cuando abrió la puerta y se lo encontró allí tan apuesto y sonriente.

-¿Era un hombre guapo, abuelita?- Pablo no rehusaba ningún detalle.

– Pues no era feo, pero aquella luz que tenían sus ojos y aquella espectacular mata de pelo negro recogida en una preciosa coleta, le hacían el hombre más guapo que nunca Rosa había visto. Cuando la muchacha le preguntó que era lo que quería, él le dijo con naturalidad: “A ti, si tú también me quieres”. Y claro, al poco tiempo se casaron…

Ana iba a entrar en el cuarto de baño con el pijama limpio de su hijo, cuando reconoció en aquella frase lo que su marido le dijo cuando se le declaró, dio un paso atrás y se quedó detrás de la puerta escuchando furtivamente el relato de su madre.

-¿Así de fácil es casarse abuelita? – Pablo se frotaba la cabeza con muy poco interés, las historias románticas no le atraían lo más mínimo, ni siquiera las entendía – Yo no me casaré nunca, yo seré futbolista, ¡eso es lo que más mola!

-¡Ya lo creo, tunante! – la abuela sonreía condescendientemente – Pero en aquel tiempo no existía el fútbol y algo tenían que hacer ¿no?

-Valeee – concedió el niño encogiéndose de hombros.

-Pero no te vayas a pensar que todo era sencillo. Resulta que el malvado Conde también había puesto sus ojos en la bella Rosa, claro que él no tenía intención de casarse con ella, pero tampoco quería que fuese la mujer de ningún otro hombre.

Desde que Perico y Rosa se casaron se propuso que todo les fuese mal. Cada vez les pedía más dinero por el alquiler de su humilde casa, del pequeño huerto les quitaba todo lo que plantaban, y, cuando se enteró de que iban a tener un hijo… ¡aquello fue terrible!

Mientras Perico cantaba sus mejores canciones, de tan feliz que estaba, el Conde se encerró en uno de sus lujosos salones y permaneció largo rato mirando su puño bien apretado, sólo quería vengarse de la felicidad de aquel matrimonio.

Toda su ira se concentró en la imagen de Perico y decidió quitarle todo lo que pudiese tener, así que comenzó a aumentarles los impuestos…

-¿Impuestos?, ¿Qué son impuestos? – preguntó asombrado Pablo ante aquella palabra nueva para él.

-Ahora son otra cosa, entonces los impuestos eran un dinero que el Conde cobraba a los campesinos y así eran más pobres todavía…

-¡Que malo!, ¿para que quería el Conde tanto dinero?

-Nadie lo sabía, ni siquiera su malvado corazón lo sabía, habría necesitado varias vidas para gastar todo lo que tenía. El caso es que Perico no tenía dinero para saciar las exigencias del Conde y así tuvo que vender una oveja tras otra hasta que perdió todo su rebaño…

Pero Perico era hombre de grandes recursos y no se amilanó, así que, después de vender su última oveja, recorrió todas las casas de la aldea pidiendo trabajo y Perico se convirtió en el hombre más solicitado de todo el valle, igual ayudaba a sembrar la tierra que traía un ternero al mundo… Servía para todo y siempre tenía una sonrisa y una palabra amable para todo el mundo. Su “máxima” era: Si otro puede hacerlo ¿porqué no voy a saber hacerlo yo?, y así se atrevió con todo, hasta lavaba ropa en el río.

Así estaban las cosas cuando nació su hijito, ¡aquello fue el colmo para su felicidad!, todos los aldeanos desfilaron por su casa a felicitar a los jóvenes padres, y Perico tocó alegremente la guitarra durante horas…

La abuela suspendió el relato mientras miraba atentamente a su nieto, quería asegurarse de que al niño le interesaba la historia.

-¿Y así termina?, ¿eso es todo? – preguntó desilusionado.

-No, no, ahora comienza la magia – prosiguió la abuela satisfecha – Verás, el Conde escuchó desde el castillo las canciones de Perico, se tapó fuertemente los oídos para no escucharlo, pero la alegría de aquellas melodías entraban directamente hasta su corazón y su furia aumentó, aumentó y aumentó, hasta que las venas de sus sienes se pusieron tan duras como su puño. Entonces salió corriendo del castillo, cogió su caballo y galopó clavándole salvajemente sus espuelas hasta que llegó a casa de Perico, al llegar allí el pobre caballo cayó reventado y el Conde, aún más furioso, abrió la puerta de la casa de una fuerte patada. Todos se volvieron asustados, hasta la lumbre se había apagado al entrar aquél aire helador que el Conde traía consigo. Su visión era como la de un fantasma, ¡imagínate Pablo!, aquel cruel hombre envuelto en su capa, con el pelo revuelto y el rostro desencajado por la ira…

-¡Y además era feísimo! – apuntó entusiasmado el niño – ¡Tenía una gran joroba!, ¡y una pierna más larga que la otra!, ¡y le faltaban dientes!, y…

-No, cariño – interrumpió la abuela – no son esas las cosas que afean a un ser humano, el Conde era feo, si, pero porque tenía un corazón retorcido y malvado y eso era lo que reflejaba su rostro. No hay en este mundo ropas tan lujosas y finas, ni adornos tan exquisitos y bellos que puedan ocultar la fealdad de un corazón. Si, ciertamente era feo.

Los aldeanos quedaron mudos ante su presencia y, cuando el Conde pasó dando gritos y tirando lo que a su paso encontraba, todos salieron corriendo hacia sus casas muertos de miedo.

Allí quedó Perico frente al Conde, detrás de él se ocultaba Rosa con el pequeño muy apretado contra su pecho. Perico no sabía muy bien a que se debía aquella visita, así que preguntó con temor: ”¿Puedo serviros en algo, señor Conde? ¿Acaso queréis conocer a mi hijo?”

El Conde rugió con fuerza: ”¿Tu hijo?, ¡Así que resulta que Perico es ahora un hombre rico!, ¿Cómo piensas alimentar a ese crío si no eres un hombre rico?”.

Perico quedó asombrado ante la pregunta y contestó con sencillez: “Con mi trabajo señor Conde”. Esta repuesta enfadó aún más al pérfido hombre y se marchó dando un gran portazo sin ni siquiera mirar al pequeño, diciendo: “¡Veremos lo que te dura el trabajo!”.

-¿No le gustaban los niños al Conde? – preguntó inocentemente Pablo.

Su abuela le acarició la cara y se quedó pensativa un momento, pero la impaciencia del niño la volvió a la realidad.

-¿Y que pasó abuelita?

-Pues ocurrió que llegó el invierno, un invierno frío cómo ninguno, y el hambre llegó a casa de Perico ya que ningún aldeano se atrevía a darle trabajo.

-¿Ya no eran sus amigos?

-El cruel Conde había amenazado con quitarle la casa a quien le diera trabajo. No tenían permitido ni darle comida, ni leña para combatir el frío, ni nada que pudiera servirle de ayuda. Así que Perico salía todos los días, envuelto en sus ropas viejas, y andaba y andaba todo el día por el bosque buscando trocitos de leña para calentar a su hijito y algún fruto para poder comer…

-¡Que triste, abuelita!, ¿Se puede ser tan pobre? – preguntó inquieto el niño.

-Si cariño, es muy triste, pero hoy en día también hay gente así de pobre, gente que ya no tiene un bosque donde salir a buscar alimento y que pasa mucha hambre, por desgracia el paso del tiempo no ha servido para corregir todas las injusticias.

-¿Estaba triste Perico?

-Mucho Pablo, mucho. Perico sufría al ver a su mujer apretándose el pecho en silencio para sacar una poca de leche con qué alimentar a su niño y sufría mucho también escuchando el llanto de un bebé que se moría de frío. Pero Perico, ya te he dicho que era un hombre valiente y con muchos recursos, así que un día, harto de todo, se presentó en el castillo, ningún aldeano se atrevió nunca a subir hasta allí ,y, cuando estuvo ante la presencia del Conde, respetuosamente le dijo: “¿Qué queréis de mi?”. El Conde se puso en pie y, dándole un puñetazo a la mesa gritó: “¡Quiero que sufras!”.

La bondad del corazón de Perico no podía entender que nadie le desease el mal a otro sin motivo alguno, así que se arrodilló ante el Conde y suplicó: “Mi hijo se muere de frío, ¿de que os sirve su sufrimiento?, ¡ayudadnos por compasión!”.

El Conde disfrutaba ante la súplica de Perico, así que, sonriendo, le propuso: “Dame a tu hijo y yo lo cuidaré como se merece”.

Perico le miró espantado, ¿Cómo iba a permitir que aquel monstruo se quedara con su pequeño? “¡Tened piedad, señor!”, volvió a suplicar. El Conde se enfureció aún más ante la insistencia de Perico y rugió: “¿Acaso soy yo tu amigo?, ¡pídele al bosque y comprueba sus bondades!, ¡y ahora vete!, ¡no agotes mi paciencia o te haré azotar!”.

Perico llegó a su casa triste, el bosque no podía darle nada porque estaba cubierto de nieve. Encontró a la bella Rosa con el niño apretado contra su pecho, envuelto en unos harapos, tiritando de frío y casi sin fuerzas ni para llorar. Perico vio sollozar a su mujer en silencio y, sin decir nada, cogió su guitarra y la convirtió en astillas, encendió el fuego y colocó al niño junto al calor de la lumbre.

Rosa le miró con mucho amor y exclamó con pena: “¡Tu guitarra, Perico!”.

Él la abrazó dulcemente mientras le decía: “¿Para qué quiero yo la guitarra si pierdo a mi hijo? Cuando se consuma la madera de la guitarra quemaremos las sillas, la mesa… ¡lo que sea!, no permitiremos que pase más frío”.

-¡Oh, abuelita! – sollozó Pablo – ¿Nunca más pudo tocar la guitarra?

-No, su hijito nunca pudo escucharle tocar, pero aquél día durmió muy caliente y más feliz que si todo un coro de ángeles le estuviesen cantando.

Ana seguía detrás de la puerta escuchando, conmovida, el relato de su madre, aquella era una manera muy hermosa de enseñarle a Pablo lo abnegado que es el amor de un padre. No quiso interrumpir el relato y siguió escuchando furtivamente.

-Así pasaron parte del invierno, aprovechando cada trocito de madera que tenían, cada trocito de papel… todo lo que podía quemarse y calmar el frío de su niño acababa en su chimenea.

Los aldeanos contemplaban, con cierto remordimiento, la titánica lucha de Pedro contra el frio. Le veían todos los días caminar por la nieve buscando cualquier cosa que pudiera alimentarles y eso les hizo sentir tanta admiración por su tesón que algunos, a escondidas, empezaron a ayudarle. Unos le dejaban leña en la puerta, otros algunos platos con comida… Perico lo cogía y callaba, no podía darles las gracias porque todo era con mucho secreto.

Pero el invierno era muy largo y la casa de Perico muy pobre, pronto acabaron con toda la madera y el pequeñín volvió a tiritar y a llorar con un llanto que les partía el alma. Así que, un día, Perico salió hacia el bosque decidido a volver a su casa con una solución definitiva para su hijo. Anduvo mucho tiempo en medio de una gran tormenta de nieve, pero Perico no sentía ni el frío ni el hambre, solo tenía grabado en sus oídos el llanto impotente de su hijo, así que buscó y buscó, pero la nieve cubría todo. Llegó un momento en el que, por primera vez, se sintió vencido, se arrodilló en la blanca nieve y lloró. Abrió sus manos vacías y las subió mirando al cielo, entonces imploró a Dios diciendo: “¡Señor, tu sabes que nunca te he pedido nada, que nunca he ambicionado riquezas ni poder, pero muéstrame ahora que puedo hacer para salvar a mi niño!”.

Así estaba cuando ocurrió la magia, la nieve dejó de caer de pronto, las nubes se apartaron dando paso al sol y Perico vio su sombra reflejada en la nieve. Se quedó mirándola pensando si aquello sería la respuesta que buscaba y, entonces, vio su gran mata de pelo reflejada en la sombra.

-¿Qué clase de respuesta es esa, abuelita? – Pablo no acertaba a comprender nada de todo aquello.

-La que solo un corazón bueno sabe ver. Verás, Perico salió corriendo hacia su casa y, al llegar, le dijo a su mujer: “Quiero que tejas una manta con el pelo de mi cabeza”.
Pablo abrió la boca asombrado, aquello era algo extraordinario que jamás se le hubiera ocurrido a él.

-Todo el día estuvo Rosa tejiendo la mantita, se le caían las lágrimas ante la generosidad de su marido. Había salvado la vida de su hijo a cambio de quedarse sin pelo, un pelo que aún era más hermoso ahora que arropada a su niño y hacía que éste durmiera feliz.

Y así fue como Perico se convirtió en Perico Calvorota, el primer hombre calvo de la aldea ya que nunca volvió a salirle el pelo, pero también se convirtió en el hombre más respetado y querido de todos.

-¿Y que pasó con su hijito? – preguntó muy interesado Pablo mientras la abuela terminaba de secarle.

-Pues su hijto creció, guardó para siempre aquella mantita y siempre fue tan bueno como sus padres, porque había recibido tanto amor de ellos que su corazón estaba a protegido contra todos los malos sentimientos.

-¿Y mi papá… – Pablo dudaba ante su propia pregunta – también me dio su pelo para una mantita?

-No cariño, tu tienes todo lo que necesitas y unas cuantas cosas más, pero para que tu tengas todo lo que quieras, tu papá, igual que tu mamá, tiene que trabajar mucho y dormir poco y ése es otro modo de darte su pelo, de darte su vida y de darte su corazón.

La abuela miró detenidamente al niño sin saber si, en realidad, su nieto había comprendido el fondo de la historia.

Pablo permanecía pensativo y, de pronto, con un arranque de curiosidad infantil, inquirió a su abuela:

-¿Y el Conde?, ¿Qué pasó con el Conde?

La pregunta cogió tan de sorpresa a su abuela que no supo que contestar. Ana entró, entonces, en socorro de su madre y, mientras ponía el pijama a su hijo, le contestó:
-Pues el Conde del puño duro se encerró en una gran sala de su castillo y lloró, lloró durante muchos días porque su corazón vio, de pronto, lo que era el amor verdadero, y supo que él nunca lo había tenido, ni quizás lo tendría nunca, así que solo podía llorar. En toda la aldea se escuchó aquel llanto y, cuando cesó, entraron para ver como estaba el Conde, pero sólo encontraron un gran charco de agua y flotando en medio un guante negro, el mismo guante que se ponía en su duro puño.

Pablo miraba boquiabierto a su madre mientras sus ojos preguntaban en silencio. Ana se dio cuenta al instante y, acariciándole el pelo, le contestó:

-Si cariño, yo también tuve una abuelita que me contó la historia de Perico, pero, la verdad, es que la tenía un poquito olvidada.

En aquél momento se abrió la puerta de la casa y una voz alegre llegó hasta ellos.

-¡Hola a todos!, ¿Dónde está mi chico?

Pablo salió corriendo hacia los brazos de su padre, se le abrazó fuertemente sintiéndose feliz, tan feliz como debió ser el hijo de Perico, después de darle un sonoro beso reparó en el brillo de los ojos de su padre, seguro que eran igual que los de Perico, y entonces le preguntó:

-Papi, ¿puedes tocar la guitarra para mí?

 

Luisa R. Bueno

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