PERDÓNAME

 

Eran las once de la mañana, o por lo menos el sol que entraba por la ventana era brillante y alto como acostumbraba a ser a esas horas en esas fechas de mayo.

La puerta de la habitación se abrió delante de mí y entró mi madre. ¡Oh, dios mío!, ¡qué pena me dio verla! Sus ojeras coronaban en un absoluto oscuro todos y cada uno de los pliegues de sus párpados. Había estado llorando. No tenía la menor duda. Y su llanto era culpa mía.

—Por favor —dijo mirando a todos—, dejarnos solas.

Sabía que estaba enfadada. Su reacción me daba más miedo por ella que por mí. Sabía de sobra que no toleraba los errores y yo había cometido uno muy grande.

—¡Estarás satisfecha! —siempre empezaba así las discusiones—. ¡Que no ibas a beber!

—¡Mamá por favor, no te enfades!, traté de beber poco, lo justito para divertirme un poco.

—La culpa no es tuya —se sentó a mi lado y se enjugó unas lágrimas furtivas, espontáneas, que se escaparon de la cuenca de sus ojos sin ningún permiso—¡Nunca debí dejarte el coche!, me lo advirtió tu padre. Me dijo que eras demasiado joven y es verdad.

—No te eches la culpa…

—Si, si —exclamó entre sollozos mientras se ponía en pie de nuevo—, toda la culpa es mía. Confié en ti y ya ves…

—¡Oh, mamá!, si pudieras perdonarme…¡Lo siento tanto!

—Nos has cambiado la vida hija, ¿te has dado cuenta de lo que le has hecho a Mar, tu hermana?

—Lo sé, mamá.  Lo supe en el mismo instante en el que el coche se precipitó contra el árbol.

—Pero, ¿en qué estabas pensando? ¿Cuántas copas merece que tu hermana se quede en una silla de ruedas?

—¡Oh, dios mío!, ¿crees que algún día podrá perdonarme?

—No sé si podrá perdonarte. No sé si ninguno podremos hacerlo…

—¡No me digas eso!, por favor, no me lo digas, ahora no.

Durante un momento se paseó por delante de mí. Estaba nerviosa, airada y triste. Infinitamente triste. Recordé la llamada de Juan. Mar me dijo que no cogiera el móvil, pero no le hice caso. Hacía dos meses que tenía el carnet de conducir y apenas había cogido un coche. El de Juan dos veces. Aquella noche las copas hicieron que me sintiera como una reina al volante. Me creí una diosa que controlaba todo. ¡Qué ilusa!

Mamá volvió a sentarse a mi lado. No quiso tocarme.

— No puedo echarte a ti toda la culpa, debo de asumir mi parte.

—No mamá. La culpa es solo mía. Espero que algún día podáis dejar de odiarme.

—No estabas preparada, está claro. No es una buena edad los 18 años.

Se echó a llorar con una pena tan agarrada al pecho que me estremecí. Jamás había visto tanto dolor en nadie. Ni siquiera en mí misma.

Se puso de nuevo en pie junto a mí. Se secó los ojos y me miró de frente.

—¡Nos has roto la vida! Ojalá pudiera borrar esa noche. Pero esto no es uno de tus videojuegos, aquí no se puede volver a empezar la partida. Esto es la vida de verdad, en la que todo lo que haces tiene consecuencias. ¡Que necia!, ¡qué estúpida has sido!

—Mamá por favor…

Se dio media vuelta. Iba a marcharse.

—¡No te vayas!, no me dejes así. ¡Necesito saber que aún me quieres!

Paró su marcha de golpe y se dio media vuelta. Me miró desde la puerta. Luego corrió hacia mí llorando y me abrazó con el mismo mimo que cuando era niña. Me acarició el pelo y me besó con ternura la frente.

—Siempre serás mi niña. Nada hará que deje de quererte, ¡nada! Tendré que darme tiempo, tendré que volcarme en tu hermana…ya verás cómo te sigo queriendo.

Se levantó y se fue hacia la puerta. Me quedé con un nudo inmenso en la garganta. ¡Si pudiera volver a la noche aquella!, pero no, no podía. Esa sería mi carga para siempre, el daño que hice a todos los que me querían.

Abrió la puerta y dijo en voz alta: «Ya pueden cerrar el féretro, la misa empieza enseguida».

Luisa R. Bueno

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