LOS NIÑOS DEL MUAY THAI

Y no lloraban, no.  Encajaban cada golpe con la fortaleza inmensa que da el hambre.

Mi viaje a Tailandia me llevó hasta una lucha de Muay Thai en una pequeña aldea.  El ambiente festivo contrastaba con la mirada apagada de aquellos niños que, aunque sonreían a todos los que les vitoreaban, tenían ya ojos de ancianos.  Dos niños de apenas nueve años, dos angelotes marcados por la miseria, luchaban con la pericia de quien lleva ya tiempo desgarrando sus carnes a cambio de unas monedas que les solucione el hambre unos días.

A su alrededor un grupo de turistas bramaban extasiados, enloquecidos, embrutecidos, con cada gota de sangre. Vomitaban sobre ellos, sin pudor ninguno, toda su prepotencia, toda su codicia, todas sus miserias más inconfesables y jaleaban cada golpe obviando que eran tan solo unos niños quienes luchaban y que lo hacían por hambre.

¡Que extraña es esta vida que te trata bien o mal según donde naces!

Hombres malos, nacidos en otras partes, turistas que viajaban siguiendo el olor a sangre. Hombres poderosos, indiferentes ante el dolor ajeno, que apostaban, entre risas, que niño caería antes.

Y no lloraban, no.  Cada golpe, cada moretón, cada surco de sangre, alimentaba a su familia y les hacía más grandes.

Y yo, por encima de todo aquel horror, en medio de aquel mercadeo de carne, cómplice de aquel monstruoso escarnio, solo podía fijarme en que sus ojos no lloraban, no.

«¿De qué sirve el llanto?» , me dirían, si me atreviese a preguntarles.

Luisa R, Bueno

 

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