LA ÚLTIMA NOCHE VIEJA

 

 

Faltaba apenas un par de horas para las campanadas de medianoche. La mesa, para solo dos personas, estaba casi puesta del todo. Ella llevaba su mejor vestido y se había pintado como si fuera a salir, sin embargo no tenía intención de hacerlo. Una música de fondo llegaba desde la cocina, era la radio. Llevaba puesta toda la tarde, pero ella se había quedado atascada en la primera canción. Solía pasarle cuando estaba triste, escuchaba una melodía y luego la tarareaba sin descanso, casi con angustia y dejaba de escuchar cualquier otro sonido.

Aquel día no iba a ser el mejor del año. Era la primera vez que iban a pasar aquella noche tan especial completamente solos.

El salió de su cuarto con el pijama puesto, no veía necesidad alguna de vestirse, total, era una noche como otra cualquiera.

El mantel colgaba a los lados de la mesa mostrando un blanco radiante, casi parecía nuevo. Las dos copas de vino brillaban encima de los posavasos de color ceniza, sin embargo ella volvió a pasarles el paño.

ꟷ¿Para qué te molestas tanto? ꟷ le preguntó él mientras se frotaba los ojos. El sueño empezaba a bailar por encima de su cabeza.

ꟷ¡Vístete como un ser humano! ꟷ le contestó ella sin mirarleꟷ.   Merezco que te esfuerces un poco.

Él se fijó en el perfil de ella, la mandíbula tenía ese gesto de pesadumbre que le había conocido en los malos tiempos. Volvió al dormitorio y se puso su mejor traje mientras recordaba, de golpe, todas las nocheviejas que había vivido con ella. Recordó la ilusión de la primera; el desasosiego de la segunda porque el niño lloraba; el ajetreo divertido de las diez siguientes porque los niños se ponían nerviosos y solo querían jugar… la tristeza de la doceava porque la abuela ya no estaba con ellos. A partir de ese momento ella dejó de ser la misma. Fue entonces cuando empezó a tararear machaconamente cualquier canción, así, sin darse cuenta. Quizá buscaba alegrar el corazón, o, simplemente, ocupar el pensamiento en otra cosa.

Las siguientes tuvieron altibajos, unas eran alegres, otras volvía a faltar alguien. Esta era la nochevieja treinta y uno de su particular cuenta y, ella, volvía a estar triste. Por primera vez estaban solos. Los trabajos habían puesto distancia con sus hijos y, además, ahora tenían nuevas familias. Los niños eran demasiado pequeños para meterlos en un viaje, habría que esperar a otro año.

Él, con su traje bien puesto, encendió el equipo de música del salón. Ella le miró sonriente al escuchar la melodía. «La Dolce Vita» sonaba exactamente igual que cuando se conocieron. Él la rodeó con sus brazos mientras ella sentía que todo en su vida había merecido la pena.

ꟷ¿Bailamos?

Luisa Ruiz Bueno

 

 

 

 

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