LA TELA DE ARAÑA

Me atrapó en el bosque.  Me tiró bajo un árbol verde, frondoso y grande. Era una tarde de verano cálida y especialmente alegre.  Cumplía dieciséis años y todos habían venido a felicitarme.  No tuve miedo, era del todo inocente.  Nunca pensé que esos ojos me mirasen con el deseo de la carne.

Me llevó en silencio, sin que nadie se enterase y caí bajo el árbol con el primer empujón, con el primer golpe.

En una rama baja, empujada por el aire, una araña tejía su tela, dejándola ligera, casi transparente.  Parecía un adorno en medio del ramaje, pero era una trampa para calmar su hambre.

Un insecto pequeño, inocente y suave, quedó atrapado, como yo, sin poder defenderse.  El bichito bailaba exhausto, sobre aquel hilo de muerte, mientras yo luchaba por zafarme de aquellas manos gruesas, obscenas e implacables.

No hubo piedad para nadie.  Ninguno de los dos gritamos. Él no tenía voz y yo no tenía aire.

Las araña se acercó a su presa lenta, poderosa y expectante.  Un movimiento ligero y clavó sus mandíbulas, fuertes, cortantes.  Le arrancó la cabeza, justo en el momento en el que yo empezaba a ausentarme.

La araña se durmió satisfecha, mi agresor huyó cobarde.

Me quedé bajo el árbol herida, dolorida y ausente.  Nada ya importaba, nada ya podía salvarme.  Igual que a un insecto, mi araña acababa de matarme.

Poco a poco la luz se fue apagando.  El dolor dejó de molestarme. Aquel bichito y yo cerramos los ojos, junto a aquella tela de sangre.

 

Luisa Ruiz Bueno

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