FLORES EN EL RELLANO

 

Doña Manuela, mi vecina de al lado, era una mujer entrada en años. Siempre fue una mujer con garbo, con empuje. Últimamente se la veía, en el balcón,  con el pelo blanco. Me fijé un día a la hora de los aplausos.

ꟷ¡Ay niña! ꟷme decía moviendo mucho las manosꟷ, ¡que ya me da pereza eso del tinte!

Yo me había ofrecido a teñirle en su casa, pero doña Manuela no quería que nadie gastara su tiempo con ella.

ꟷ¡Quita, quita, niña!, que ya tienes bastante con lo tuyo.

Doña Manuela era una mujer buena. A pesar de su edad todavía tenía los ojos brillantes. Le gustaba llevar caramelos en los bolsillos por si le entraba el hambre, y siempre andaba con guisos y con experimentos culinarios. La verdad es que el rellano olía siempre a algo rico cuando se ponía a los fogones.

Empezó la cuarentena con más energía que nadie. Se hizo cargo, de inmediato, de los dos hijos adolescentes  de la vecina del cuarto, que, al ser enfermera, pasaba muchas horas en el trabajo y no tenía con quién dejarlos.

ꟷ¡Vete tranquila! ꟷdecía convincenteꟷ, que yo me hago cargo.

Doña Manuela también bajaba a comprar el pan al vecino del quinto. Era un hombre demasiado mayor y estaba solo. La comida se la llevaba periódicamente su hijo, pero doña Manuela se empeñaba en subirle el pan y guisarle algún plato.

ꟷ¡No seré yo quien consienta que coma pan duro! ꟷprotestaba con voz  fuerte, porque, eso sí, doña Manuela tenía carácterꟷ . No hay ninguna ley que le obligue a comer mal a un anciano ꟷse le oía gritar escalera abajo.

Doña Manuela servía para todo, era pura energía. Hasta que un día dejó de subir a ver a los niños, dejó el pan tierno en la tienda y se quedó en su casa a solas con su fiebre y con sus escalofríos. No nos dejó entrar a nadie. Cada vez que le tocaba alguien el timbre protestaba desde dentro.

ꟷ¡Ea, que no abro a nadie!, ¡qué queréis!, ¿qué os contagie?

Unos días más tarde una ambulancia llegó hasta nuestra calle. Ninguno sabíamos que lo de doña Manuela fuera algo tan  grave, apenas tosía ya y me había dicho a través de la puerta que le estaba bajando la fiebre.  Salí al rellano con la mascarilla puesta, no podía dejarla ir sin despedirme.  La sirena había alertado a los vecinos y, poco a poco, el rellano empezó a llenarse.  Me despedí de ella lanzándole un beso con la mano. Doña Manuela sonrió y  entornó los ojos, estaba agotada de tanta fiebre.

Ayer escuché ruido dentro de su casa, pensé que doña Manuela había vuelto. Supe que no volvería cuando, al salir, vi flores en el rellano.

Luisa Ruiz Bueno

 

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