EL REGALO

La mañana para Casta Pérez comenzaba más bien tarde.  Cuando salía el sol sus pájaros comenzaban un trino veloz y desesperado, como si quisieran comerse el nuevo día en unos pocos minutos, para poder dormitar tranquilos el tiempo restante.

 

Casta los escuchaba entre ronquido y ronquido y, si bien no hacía nada por levantarse, si que sentía un pequeño remordimiento por no ser capaz de dejar la cama para atenderlos.  Un par de horas más tarde, exacto como el tañido de  una campana llamando a sus fieles, su viejo perro «Don Francisco» comenzaba a revolverse entre las sábanas de su cama, donde dormía a pierna suelta, como si fuese él el único dueño del lecho.  Era entonces cuando Casta salía, lentamente, arrastrando los kilos de sus caderas, empujada por el alegre despertar de su compañero, y se disponía a atender a sus niños.

 

Casta nunca tuvo hijos, ni siquiera tuvo un amor correspondido, permaneció toda la vida haciendo honor a su nombre.   Sin embargo, no sabía si, porque ya en la cuna aquel nombre había forjado, malignamente, su suerte, siempre se sintió más libre si no claudicaba ante un amor, que nunca sintió demasiado fuerte, y que no le motivó lo suficiente para ceder parte de su espacio a nadie.

 

Pasó la vida entre reproches, todos le amenazaban con una suerte de maldición de vejez agria, solitaria y triste.  «¡Como si tener hijos te librase de todos los males!», se decía mientras escuchaba los llantos de su vecina Alicia, una mujer que tuvo cuatro hijos y ahora estaba más sola que ella, ya que ninguno la visitaba.

 

Casta decidió rodearse de todo aquello que le resultase bello. Su casa, abarrotada de libros, fue para ella su «Big Bang» particular, allí nacían, no planetas ni células primarias, allí nacían nuevas vidas que se escondían entre páginas asombrosas, dándole, a sí misma, una nueva vida tras cada tomo.  Pasó, también, largos años de su vida cuidando de pequeños seres abandonados en una protectora.  Allí encontró a «Don Francisco», un cachorro de esos mil leches que tienen tantas mezclas que acaban siendo los más bonitos.  Inmediatamente sintió por él ese amor que nunca sintió con nadie.  Apenas comenzaba, el cachorro, a abrir los ojos cuando un desaprensivo lo separó de su madre, y Casta lo encontró, suplicando leche, entre las patas de otros perros de la protectora.   Alguien lo había dejado allí por la noche, como hacen las malas personas, que se esconden entre sombras para tener el coraje suficiente de hacer lo que ya saben que está mal hecho.

 

Casta le puso un nombre ilustre, como el de “Fuendetodos”, el ser un pobre abandonado le daba ese privilegio.

 

Ella era feliz con sus pájaros y su perro, le gustaba despertar con aquel ruido alegre y luego dormirse de nuevo. Después, cuando ya le parecía una buena hora a «Don Francisco», que era el reloj de aquella casa, los limpiaba y cambiaba primorosamente, jugaba con ellos un poco y luego los metía en la jaula tras darles su beso a cada uno.

 

Casta y «Don Francisco» desayunaban con cierta celeridad, preferían quitarle tiempo al comer que a la cama, ya tenían, los dos, años suficientes como para permitirse pequeñas perezas reconfortantes.  El día de Casta, entre unas cosas y otras, comenzaba realmente a las once.  Una vez que sus niños saltaban, alegres, por la jaula y que «Don Francisco» había aliviado sus necesidades matutinas, ambos corrían hacia la protectora. El peso de los años le había hecho reducir su jornada a dos horas al día y a la una, invariablemente, salía de nuevo hacia su casa, casi siempre con el corazón roto.

 

Aquella mañana «Don Francisco» se mezcló con aquellos pobres sin techo que aguardaban, algunos inútilmente, que alguien les diera una familia. Una perrita moteada, con el morro sucio por el barro, se acercó a él como si le conociera de alguna otra vida, y ambos se alegraron tanto de verse que Casta se negó a separarles. De inmediato pensó en la tristeza de su vecina Alicia y en lo bien que le vendría un poco de compañía. Lavó con esmero a “Doña Juana”, pues también ésta merecía un nombre ilustre, y se fue con ella a casa.

 

Alicia contempló aquel extraño regalo sin entender nada, ¿iba a ocupar un perro la soledad en que le habían dejado sus hijos? Ese hueco no había nadie que pudiera llenarlo.

Casta, ante el inicial rechazo, se llevó a la perrita a su casa. Había visto en los ojos de su vecina una chispa de amor que sabía que acabaría incendiándola entera. No desistiría, sabía que «Doña Juana» acabaría siendo la alegría perdida de su vecina.

 

Tres días más tarde una mano golpeó su puerta. Alicia, con los ojos de nuevo iluminados, venía por su regalo.

 

«Doña Juana» se fue trotando entre sus piernas, como si ya supiera que su finalidad en la vida era darle aquel enorme amor que guardaba, a alguien que supiera apreciarlo.  Alicia, sin duda, había conocido malos momentos, lo mismo que ella, así que «Doña Juana» decidió quererla.

 

Las mañanas de Casta Pérez siguieron siendo igual que otras veces, pero ahora un sonido nuevo llegaba temprano hasta sus oídos, mezclado con el trino de sus pájaros. Un ladrido alegre, mezclado con palabras dulces y risas, habían desterrado para siempre aquellos antiguos sonidos de llantos.

 

 

Luisa R. Bueno

 

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