EL REGALO

 

Amanda se miraba en el espejo del baño. Las risas de la cocina llegaban hasta ella mezcladas con el espeso aroma a carne asada. Era su cumpleaños y todos se habían propuesto celebrarlo como si no pasara nada.

Se sabía observada, pero no comprendida. Desde que algo se rompió dentro de ella se sentía sola. Al principio, cuando se dieron cuenta, la bombardearon con reproches, después vinieron los ánimos. Nunca acertaron con la palabra exacta, ni con el momento apropiado.

Odiaba todas las fiestas, todas en las que la comida era el centro del festejo. Y en esa cocina se fraguaba la suya, la de su cumpleaños. Se enjuagó la boca y se secó los labios con la toalla, nadie iba a darse cuenta de que había vomitado.

Llevaba haciéndolo casi cuatro años, desde que nació Carla. Su cuerpo se deformó y dejó de reconocerse en el espejo. Aquella imagen no podía ser la suya. Se sentía como una ocupa en un cuerpo ajeno. Poco a poco dejó de quererse. Mirarse en el espejo se convirtió en una tortura, pero también en una obsesión. Necesitaba comprobar lo que la comida le hacía, para vomitarla luego.

Salió del baño y volvió a la realidad de su casa. Carla bailaba mientras los demás ponían la mesa. Era ya mediodía. Un mediodía lleno de risas y de comida. De tarta con velas y de angustia para ella.

Se sentaron a la mesa. Un amargo sabor a bilis le trepó por la garganta. Aún no había comido nada y ya notaba el sabor del futuro vómito.

Carla cogió un pincho de queso. Uno tan suave que se deshacía en la boca. Se volvió hacia su madre y le ofreció un poco de su trozo.

—Para ti, mamá —le dijo con la boca llena de queso y de sonrisa—. Te lo regalo.

Amanda se lo metió en la boca y tragó. Y siguió comiendo. Como si fuera un delito, con el mismo arrepentimiento.

Pusieron la tele. El programa atrajo las miradas de todos y aprovechó para escabullirse de nuevo al baño.

Una voz, con más autoridad que su propia conciencia, la frenó a mitad de camino.

—El queso no lo vomites, mami, que te lo he dado yo.

Amanda volvió a la mesa. Aquel revulsivo fue el mejor regalo de cumpleaños. El más sincero, el más inmisericorde. El más efectivo. Al día siguiente llamaría al médico, había llegado el momento de pedir ayuda.

Luisa R. Bueno

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