EL PILAR EN SILENCIO

 

Lo primero que pensé, cuando me acercaba por el río fue: «Así, vacío, parece mucho más grande».

Mi barca se deslizaba en silencio, siguiendo la corriente. El mundo había desaparecido, se había visto confinado en sus casas, pero aquel gigante seguía en pie dándonos fuerza: El Pilar de Zaragoza.

Ahí se había refugiado mucha gente, cuando la guerra tenía balas, la de ahora tiene fiebre. Ahí habían llorado sus penas y celebrado sus alegrías generaciones enteras de personas. Ahora estaba solo en su orilla, valiente, defendido por sus cuatro torres guerreras.

Se acercaba la noche y desde la orilla podía escuchar el aleteo de las palomas y sus gorjeos despidiendo el día. Solo se oía el murmullo sereno de la naturaleza. Los humanos, con su ausencia, habían cedido el espacio al ruido armonioso de aquella otra vida. Los gorriones cantaban su melodía nocturna y, el agua del río les coreaba con su suave arrullo.

Si cerraba los ojos aún podía escuchar los ecos de las castañuelas, guardados entre los arcos de sus cuatro puertas. Y las risas de los niños, salpicándose en la orilla de la cascada que llena de brillo un lado de la plaza.  Podía respirar el olor a castaña asada de sus  fríos inviernos y sentir el olor a cirio chorreando gotas de cera. Imaginaba las figuras goyescas, de cálido  acero negro,  reposando en medio de la plaza,  ¡que solas estarían ahora! Allí se habían quedado, entre las grandes losas del suelo, los pasos acelerados de los turistas y los reflejos de los flashes bombardeando aquella grandiosa fachada. Pero eso era antes. Ahora solo me queda el recuerdo de cuando allí se respiraba nuestra vida.

Luisa Ruiz Bueno

 

 

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