CRÓNICA DE UNA PANDEMIA 10 : APLAUSOS

 

El día que José llegó al hospital, dos celadores lo entraron en volandas. Ya no había camillas libres y las sillas de ruedas estaban también ocupadas.

Sara, con su bata hecha de bolsas de basura, salió a su encuentro y cuanto más se acercaba más le recordaba, aquel hombre, a su abuelo. José era ya anciano, los ochenta los pasaba de largo y, precisamente por eso, sus ojos permanecían serenos.

ꟷDile a mis hijos que los quiero  ꟷle dijo a Sara mientras le acomodaba en la cama de un cuarto aislado.

ꟷSe lo dirás tú, José  ꟷle contestó mientras le cogía de las manosꟷ,  aguanta, que yo te acompaño.

Sara no podía evitar el contacto con aquel hombre tan parecido a su abuelo. Era verdad que a todos los enfermos trataban de animarlos, que las lágrimas de cansancio e impotencia cuando los perdían siempre eran a escondidas, nunca delante de ellos. Pero aquel hombre era especial para ella. No le habría gustado que su abuelo muriera solo y José tampoco lo haría.

Sara, durante cuatro días, dejó de ir a casa. Cuando su turno acababa se iba a hacer compañía a José. Le vigilaba el sueño cuando dormía y le acariciaba la mano cuando estaba despierto.

A las ocho de la tarde, la puerta del hospital se rompía en aplausos. Cada día una unidad de policía y de bomberos llegaba hasta la puerta de urgencias con las sirenas a todo trapo. Les vitoreaban a ellos, para que resistieran las horas duras, el dolor, el cansancio y el miedo.

Sara pasaba ese momento en la habitación de José.

ꟷMira, José. Esos aplausos son para que te pongas bueno.

José sonreía sereno, cada vez que Sara le cogía la mano.

ꟷDile a mis hijos que no sufran, que no morí solo, que tu fuiste el ángel que se quedó conmigo.

Al cuarto día, cuando llegaron las ocho, el hospital volvió a vibrar de sirenas, de vítores y aplausos. José, cogido a la mano de Sara, decidió que ese era el momento y exhaló su último aliento. Dejó los ojos abiertos para ver a Sara mientras se iba y, cuando ella, entre llantos, fue a cerrarlos, se encontró asomado en el borde de los párpados de José el más cálido de los aplausos.

Dedicado a todos los que, en estos duros días, acompañan a nuestros mayores en su último tránsito.

Luisa Ruiz Bueno

 

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