BOMBILLAS

 

Mariola llevaba varios meses intentando entender qué le pasaba a su hermano.

Había esperado ansiosa a que creciera para poder jugar con él y ahora, que ya sabía andar, ni siquiera la miraba cuando le lanzaba la pelota.

«Que ve muy poco, hija mía», le decía su madre cada vez que protestaba por la poca pericia de su hermano.

Mariola, a sus cortos seis años, no entendía que nadie pudiera nacer ciego y mucho menos su hermano. Él siempre le había sonreído a través de los barrotes de la cuna y hasta, cuando creció un poco, le llamaba sonriente por su nombre. ¿Cómo no iba a verle?

«¿Es que no me quieres?», le preguntaba mientras se afanaba en abrazarle, confundiendo la mirada errante con una falta de afecto. Y su hermano reía mirando y sin verle.

«Que ve muy poco, hija mía», repetía tozuda su madre. Y entonces Mariola subía las persianas y encendía todas las luces de la casa para ver si con eso era suficiente.

Pero no, no había luz en este mundo que lograra iluminarle.

Mariola, que sentía gran amor por su hermano, decidió gastar su último cartucho y, ya que la Navidad estaba cerca, escribió a los Reyes Magos: «Este año no quiero juguetes, no quiero nada para mí. Solo quiero que traigáis muchas bombillas para que me vea mi hermano».

Luisa R. Bueno

 

 

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