AGUJEROS NEGROS

 

Pasé toda mi infancia pensando que mi hermana tenía un agujero negro en las manos. Por ellos se perdieron un montón de cosas que nunca más aparecieron.

Nuestro colegio tenía dos edificios diferenciados: El de primaria, el mío; y el de secundaria, el de mi hermana. La diferencia de edad entre nosotras nos hizo estar separadas casi todos los años.

Nunca vi lo que realmente pasaba.

La idea de los agujeros negros era de mi madre. La recuerdo protestando porque mi hermana siempre volvía del colegio con alguna cosa menos. Unos días era una pulsera, otros los pendientes…perdió chaquetas, abrigos y, sobre todo, los cuadernos con los deberes.

Mi madre se volvía loca y le gritaba que se centrase. Le cogía las manos y se las miraba muy seria diciendo: «¡Este maldito agujero negro, éste tiene la culpa!».

A mí me asustaba un poco todo aquello. Me daba miedo ir al colegio de su mano por temor a desaparecer por aquellos agujeros que, aunque yo no los veía, mi madre aseguraba que los tenía.

Después de un tiempo de perder cosas, empecé a notarla muy rara. Se cruzaba de acera sin motivo, no una, si no muchas veces. Había días que unos niños de su clase jugaban a ese mismo juego. Iban detrás de nosotras riendo y cruzando al mismo tiempo.

Poco tiempo después ya no hablaba con nadie, solo perdía cosas. Yo pensaba que era por eso por lo que los demás se reían de ella y me prometí que yo nunca perdería nada.

Mi hermana parecía no tener amigos, iba taciturna por la casa.  Yo, en aquel tiempo, creía que todos le tenían miedo o que, quizá, también los había perdido por aquellos malditos agujeros negros.

Un día vino a buscarme a mi edificio de primaria. Me pareció que había pasado muy deprisa la mañana. Llevaba la falda sucia, las medias agujereadas y unos moretones en la cara. No quiso contarme nada, pero le noté un cierto orgullo en la mirada.

Al rato llegó mi madre, venía con la directora. No entendí bien de qué hablaban, tan solo le oí decir: «Siento mucho no habernos dado cuenta antes. No volverá a molestarle, lo hemos expulsado inmediatamente».

Uno de los niños, de esos que cruzaban detrás nuestro por la calle, salió con gesto serio mientras su padre se lo llevaba. No se atrevió a levantar la vista del suelo, ni a reírse, ni a nada.

Mi madre abrazó a mi hermana, ¡nunca olvidaré aquella cara!, y le preguntó: «¿Por qué no me lo contaste?».  Mi hermana solo le dijo: «Ya ves, mamá. Desde ahora ya no voy a perder nada».

Luisa R. Bueno

 

 

 

 

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16 pensamientos en “AGUJEROS NEGROS

  1. Dura realidad que hemos vivido muchos niños, y no solo ahora que es cuando realmente se le está dando visibilidad. Gracias por contarlo para que pueda llegar. Me ha gustado mucho Luisa.

  2. Siempre he querido escribir un relato o poema con el término de agujero negro, pero cuando iba apenas unas líneas de tu relato se me ha ido erizando la piel, y he comprendido que la historia no iba a transcurrir como yo preveía al principio.

    Me gusta cómo abordas temas tan delicados como el bullying y conmueves al lector. De verdad que me alegro cada vez más de haberte descubierto a través de la Escuela de Cova.

    Un abrazo púrpura.

  3. No dejas de sorprenderme Luisa Bueno. Me ha encantado el giro que le has dado aún problema tan grave y desgraciadamente, tan actual. Con una delicadeza y exquisitez que te caracteriza. Gracias Luisa, enhorabuena!!

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