ABANDONAR EL NIDO

Mi psiquiatra me sonreía detrás de la mesa.  Por fin, después de varios años, iba a darme el alta.

 

El final de mi embarazo lo pasé contemplando el nido que había frente a la ventana de mi cuarto.  Vi como los polluelos iban naciendo al mismo tiempo que mi hijo comenzaba a dar patadas en mi vientre.

 

Después crecieron, despacio, o deprisa, según se mire.  Vi sus primeras plumas asomarse por encima del nido y escuché cómo sus piidos se iban haciendo más fuertes.

 

No pude evitar mimetizarme con aquello que sucedía delante de mis ojos.  Viéndolos tan indefensos, pero tan fuertes al mismo tiempo, parecía sencillo venir al mundo.  Fue esa convicción la que me hizo encarar con optimismo la recta final de mi embarazo.  «La vida siempre se abre paso», me repetía mientras les veía ahuecarse en el nido.

 

Después comenzó lo más duro.  Tenían prisa por salir al mundo, estaban ilusionados con lo que les esperaba fuera, sin embargo, en sus primeros intentos, supe que también estaban asustados.

 

Cada día un avance, cada día un esfuerzo…Sacudían sus pequeñas alas mientras mi niño se me revolvía dentro.  «También saldrás tesoro, cada día falta menos», le decía mientras acariciaba los golpes que sus ganas de vida me iban dando en el vientre.

 

No todos lo consiguieron, solo los más fuertes.  Algunos se perdieron en el intento, como mi hijo, que nació muerto.

 

Y, después de aquella muerte, empezó mi calvario.

 

Ahora, delante del Informe de Alta, mi psiquiatra, sonriendo, me preguntaba: «¿Cómo te sientes?».  Y yo, recordando aquél árbol, aquellos polluelos y aquellos piidos, contesto: «Cómo un pajarito cuando le salen las plumas y tiene que abandonar su nido».

 

Luisa R. Bueno

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